Avanzado el siglo XIX, el interés por la lengua vasca se fue acrecentando a medida que se tuvo conciencia de que retrocedía su conocimiento entre las generaciones más jóvenes de la Zona Media de Navarra y de la Cuenca de Pamplona. No obstante, todavía en la década de 1860 y, a tenor de los datos basados en los trabajos del insigne lingüista Luis Luciano Bonaparte y de sus colaboradores navarros, el porcentaje de personas de habla vasca era notable en los pueblos que circundan la capital. En torno al 35% en los Valles de Aranguren y Egüés así como en las Cendeas de Galar y Zizur; un 40% en Villava y Huarte; un 50% en la Cendea de Ansoáin y un 75-80% en las Cendeas de Olza e Iza. Entre sus colaboradores figuran José Luis Larrainzar (Elkano, Valle de Egüés), José María Otamendi (Puente la Reina-Gares), Juan Martín Ugarte (Olza) y Vicente Gulina (Goñi), todos ellos euskaldunes y nacidos en las citadas localidades, que le proporcionaron abundante información sobre el euskera de la Cuenca de Pamplona.
Todo ello tenía su correlación en la misma capital, donde testimonios dejan constancia de la presencia de la lengua vasca en la vida diaria. Por ejemplo, el escritor pamplonés Jose María Baroga recogió en su libro “La vida íntima de Pamplona 1955-1960” las palabras de la pamplonesa Rosalía Urdaniz Semberoiz (quien cumplió 100 años en 1958) en torno a un trágico suceso del que ella fue testigo en 1865, cuando contaba tan solo con 9 años de edad. Resulta que un león escapado de un circo apareció en la Plaza del Ayuntamiento (entonces llamada Plaza de la Fruta) y causó varios muertos y heridos. En palabras de Rosalía: “Aquel 14 de agosto de 1865, después de pasar por el Almudí a encargar pescado, nos dirigimos, Santo Domingo arriba, a la Plaza de la Fruta. Había mucha animación. Los gritos de los vendedores en vascuence y castellano se entremezclaban ofreciendo los productos de la Cuenca…. Los compradores, en su mayoría amas de casa y alguna sirvienta, iban y venían regateando aquí y adquiriendo allá”. Es decir, el euskera tenía en aquella época presencia cotidiana en el mismo corazón de Pamplona.
El también pamplonés Antonio Ayestarán nos dejó una obra costumbrista (1971) sobre la ciudad que lleva por título “El Iruña del 88”. Se trata de un retrato sobre Pamplona referido al año de inauguración (1888) del famoso Café Iruña de la Plaza del Castillo, del cual fue directivo. Ayestarán escribe lo siguiente: “El vascuence imperaba detrás de San Cristobal y ningún comerciante dejaba de tener en Pamplona algún dependiente que lo conociera… Madrazo nos dice que cuando se inauguró la línea férrea en 1860, se hablaba el euskera en Puente la Reina, Aoiz y Garinoain. Desgraciadamente en estos y otros puntos se ha perdido nuestra lengua”. A lo largo del libro figuran palabras vascas que eran habituales en el castellano de la capital: irunsheme, etxekoandre, azkarro, txungur, vinos txarros, txakoli, birrotxa, piperropil, txun-txun (txistu), zimur (persona tacaña), zolda (suciedad)…
Para cuando se produjo el nacimiento del citado café pamplonés, llevaba más de 10 años trabajando la Asociación Euskara de Navarra (Nafarroako Euskara Elkargoa), entidad creada en Pamplona por parte de un grupo de intelectuales pamploneses que supuso el inicio histórico de la labor en pro del euskera y de la recuperación cultural vasca de Navarra.
BIDEZ BIDE • POR EL CAMINO DEL EUSKERA
Enrique Diez de Ulzurrun Sagalá
